Sad nights.

Una vez me dijeron que si te duermes triste, no recuerdas tus sueños. Pero eso no es verdad. Tu fuiste un sueño y no dejas nunca mi cabeza. Y eso que estoy triste. Igual más que un sueño fuiste una pesadilla. Una larga, triste y repetitiva. Una de esas de las que no despiertas hasta que acaba, o hasta que estas a punto de morir. Yo desperté, al final, cuando te fuiste. Y estuve a punto de morir.
¿Qué me has hecho? Te recuerdo cada día, y te sueño cada noche. Has calado muy hondo en mi. Los círculos concéntricos que conforman mi vida empiezan y terminan en la tuya. Me has vuelto debil e inutil. Inutilmemte debil, eso.

Te has convertido en la cima de una montaña que no puedo escalar. Me has hecho perseguir estrellas fugaces para poder desearte, y ni eso ha servido. Me has roto en tantos pedazos que ya ni contarlos es posible.
Y yo recuerdo tus besos. No había invierno que mi hiciera temblar tanto como tus manos descubriendo lentamente mi cuerpo. No había tornado más fuerte que el que agitaba mi corazón cuando me besabas. No había mariposa que volara más rápida que la que removía mi estómago cuando me mirabas de esa manera, como escaneándome, como pidiéndome permiso para entrometerte en mi cabeza. No hay tormenta más húmeda que la que cayó de mis ojos cuando te fuiste.
Mírame: estoy hecha polvo. Intento dominar los pensamientos en mi cabeza, pero se escapan a buscarte. Dicen que después vuelven, pero nunca es así. Se pierden en ti y en tu sonrisa, y nunca encuentran el camino de vuelta. Y el mapa lo tienes tu, bien guardado. Lo tienes por ahí, con los trozos de mi vida que te llevaste. Quédate el mapa, pero devuelveme la vida, te lo suplico.