Me gusta la lluvia. Siempre me ha gustado. De pequeña mis padres solían decirme que la lluvia se llevaba la suciedad, y siempre creía que se referían a la de las calles. Cada vez me cuesta más pensar que no se referían a la de mi vida. Me gusta el sonido de las gotas de agua estrellándose a gran velocidad contra mi ventana. A veces me gusta pensar que van en busca de su amor, otras que van en busca de su muerte. Cuando hay tormenta, me gusta más. La lluvia y los truenos suelen hacer que las voces de mi cabeza se olviden de odiarme y, por una sola vez, digan cosas bellas, hermosas, bonitas. Como la lluvia, que es preciosa.Me gusta salir bajo la lluvia y que nadie pueda distinguir mis lágrimas de las del cielo. Algunas veces bailo y otras sólo camino. Depende de las ganas que tenga de desaparecer. Porque la lluvia me da ganas de cambiar. Se lleva la suciedad, ¿no? Pues que se lleve toda rutina de mi vida. Que me cambie, a mí, a mi pasado, a mi presente. A mi futuro no, porque de eso ya me ocupo yo.
De la lluvia me gustan incluso las goteras. Me recuerdan a las goteras que hay dentro de mí, en mi cabeza, en mi corazón, en mis ojos. Y el cielo, cuando llueve, me recuerda a mi estado de animo, que parece ser proporcional a la cantidad de lágrimas que llora la gente que está en el cielo, que nos extraña. Me gustaba pensar eso de pequeño, que la gente que echo de menos está en el cielo y, a veces, cuando me ven triste, llora por mí. Pero no tiene sentido. Si esto fura así, el cielo lloraría siempre.