Insultos.

Hoy te he visto, de lejos. Cuando me he querido dar cuenta, estaba en medio de la calle, temblando, porque
me había acordado de todo lo que me hiciste. De los insultos, de los golpes, de las patadas, de los empujones, de las llamadas en número privado a las 3 de la madrugada... Creo que tú ya no te acuerdas de lo mal que me lo hiciste pasar, porque has venido a saludarme con una sonrisa enorme, me has preguntado que cómo estaba, y me has dicho que me veía mucho mejor. Y me hubiera gustado contestar: "Sí, supongo que tus insultos, y la etapa anoréxica a la que ellos me llevaron me hicieron adelgazar." Pero no, no me ha salido, he sonreído y te he decido de algún modo un "Gracias" ligeramente sincero, porque sí, estoy un poco agradecida. Ahora soy más fuerte gracias a ti. Pero eso es lo único bueno, porque sigo acomplejada por tu culpa, sigo evitando a la gente por tu culpa. Tengo paranoia, depresión, brotes bulímicos y ansiedad, por tu culpa. ¿Gracias? ¿Por qué te he dicho una estupidez tan grande? Casi me quito la vida por tu culpa. No debería haberte dicho gracias. Y si ahora vas, ¿y se lo haces a alguien más? No. No deseo a nadie pasar por lo que yo estoy pasando. Quizás debería haber pasado de ti. Quizás hubiera sido lo mejor. Pero estaba paralizada. Tus manos estaban muy cerca de mi cuerpo, y para ti era muy fácil golpearla contra mi estómago. O contra mi cara. O contra mí. No. Mi ansiedad ha vuelto a visitarme cuando te has despedido. Las lágrimas no han podido esperarse, y se han tirado por los toboganes de mis mejillas justo cuando has girado en la esquina. La gente me miraba, y mi paranoia me ha llamado la atención, recordándome que no debía llamar la atención de los demás, porque se reirían de mí del mismo modo que tu hiciste. Sí, supongo que "gracias" es la cosa más tonta que podría haberte dicho.