Tú.

Siempre me ha gustado la gente que sabe ser uno mismo, y nunca se preocupa de qué pensarán los demás de ellos. Quizás por eso no me gusto, quién sabe. Lo que sí sé es que cuando te vi, supe que eras de esos, de los que sonríen sin preocuparse por si le rompen la sonrisa a base de hachazos al corazoncito encerrado entre el invierno y la primavera.
Y me enamoré,
de ti.
Me enamoré cómo lo había hecho tantas otras veces, y como lo haré unas cuantas más. Me enamoré sin prever la caída, sin prever nada de esto, que es todo lo que me queda ahora. Me enamoré, o más bien dicho, me lancé de cabeza a ti. Me hice fan de tu sonrisa y vaya, que conciertos de hormigueo me ha dado en el mejor de los escenarios, el de mi barriga. Me perdí en esos ojos incoloros que hacían temblar a Neruda y a Cohelo.
Esos ojos son poesía.
Y todo lo demás, no.
Aunque, realmente, ¿qué hay más allá de tus ojos? ¿Qué hay mas allá de esa sonrisa que me haces cuando te digo esas tonterías tan mías - y tuyas - que sé que tanto te gustan?
Nada,
un infinito.
Es decir,
tu mirada.
Y las lágrimas que derramaste, ese día, se quedaron en mi interior y se convirtieron en goteras que desde entonces martirizan mi corazón y mi cerebro a diario. Tus ojos enrojecidos y tus mejillas ahogadas de pena, ahogadas de nostalgia. Y yo, entre todo eso, abrazándote para hacerte ver que no estás tan solo. Para hacerte ver que los restos fósiles de nuestro amor permanecerán siempre intactos, en mi piel. Como las marcas que ahora la decoran, cuando despertamos juntos.
No logro concebir el día en el que tenga que despertar, y tu no estés ahí. El día en que, después de toda una noche de cavilaciones, de sueños a tu lado, llegue la mañana. Y créeme, cada amanecer sin ti, es un amanecer perdido.