Invierno.

Son las seis de la tarde. Lunes. Hace rato ya que el cielo y mi corazón tienen el mismo color. Un azul oscuro que me recuerda al mar intranquilo de las tardes de verano que pasamos en la playa. Un mar que representaba muy bien lo que sentía cuando estaba contigo. Éramos un océano en tormenta, y ahora no soy más que un pequeño lago en medio de un desierto de besos.

Quizás mi madre tiene razón y paso demasiado tiempo encerrada en casa. Pero, qué remedio tengo si ta han puesto las luces de navidad, que me recuerdan siempre al brillo de tus ojos cuando me decías eso de "Madre mía, que nunca te pierda a menos que yo me pierda contigo". Y dime, ¿quién no se habría enamorado de alguien como tú. Te digo, te repito, que nadie. Nadie es capaz de aguantar sin enamorarse después de ver esa carita de niño que me pones cuando te ilusionas por algo. Al verte, se desmorona todo el mundo, o por lo menos el mío. Aunque no tiene sentido que se desmorone mi mundo si tú sigues en pie. Pero ahora ya, ¿qué importa? Qué importa. Si ya no te apropias de los versos de alguno de esos poetas que te hicieron estudiar en literatura, y  me dices que son tuyos. Si ya no me cantas las canciones más romanticas que escuchas, como quien no quiere la cosa. ¡Qué importa!

No importa nada más que volverte a oír cómo me decías te quiero abriendo los brazos en vez de la boca, o viendo cómo se te iluminaban los ojos cuando tus palabras me iluminaban la cara. Ahora todo lo que importa es que hace frío sin ti, pero que se vive. O se sobrevive. O, bueno, de hecho sólo respiro e intento ignorar ese pinchazo que noto cuando algo me recuerda a ti. Ya sean las luces de navidad, el frío de la calle. O el cielo, que hace media hora que ha oscurecido. Como mi cara. Como tus ojos.