Llorar es una putada. Tu nariz goteando, el sabor salado de tus lágimas llegando a tu boca después de haber cruzado tus mejillas. Pero peor es el sabor agridulce de todos tus recuerdos acumulados en la parte trasera de tus ojos, los cuales parecen haberse convertido en toboganes para tus penas. Y empiezas a llorar y llega un punto en el que te das cuenta de que no vas a parar. Piensas que vas a estar llorando durante toda tu vida, por cada error que hiciste. Lo peor viene cuando tu mente, en vez de intentar aturarte, te recuerda cada uno de los estúpidos errores que has cometido a lo largo de tu vida. Las gilipolleces que has dicho, y las veces que el qué dirán te ha parado de hacer lo que querías.

Empiezas a llorar y te das cuenta que tus lágrimas, que no són ni de lejos tan bonitas como las que salen en las películas, se han convertido, últimamente, en tus mejores - y únicas - amigas. Que te acompañan en la soledad de la noche y te hacen pensar en todos esos recuerdos que tú preferías olvidar. Y tu almohada, harta ya de lágrimas, te pide que duermas. Pero es entonces cuando las lágrimas són más fuertes, justo en el momento en el que te das cuenta de lo sola que estás realmente. Por cada noche despierta, un amigo menos. Y así, hasta que te has encontrado a ti misma, finginedo una sonrisa por cada lágrima.