Palabras.


Vamos a ser sinceros, no tengo ni puta idea de escribir. No sé hacerlo, o por lo menos no de manera consciente. A mí como que se me da mejor unir letras y formar palabras que, al unirse ellas también, acaban formándote. Acaban formando nuestras tardes y nuestras conversaciones. No sé cómo lo hacen, pero forman de manera exacta tus grandes, redondos y almendrados ojos; y tu sonrisa, que no entiendo como aún no ha sido considerada una de las maravillas del mundo, pues, a mi parecer, es la pura definición de belleza, de maravilla, de grandeza, de perfección. Pero es que, déjame decírtelo, tú al completo eres sinónimo de perfección. De mí perfección.

Llevo mucho tiempo intentando descubrir por qué carajos cada vez que te pienso, las letras se juntan para crear palabras que acaban creándote. Incluso si yo no les he dado permiso. Quizás son las mariposas en mi estómago las que dirijan a mis manos, las que mueven el lápiz sobre el papel y decides cuál es el mejor adjetivo para describirte. Porque mi parte racional ha decidido que cualquier adjetivo, referido a ti, es mejor. Quizás será porque no puedes ser descrito, pues tú mismo te lo impides. No puedes ser descrito con algo tan vulgar como las palabras, tú eres descrito por el arte, que, como dice todo el mundo, se trata de que te haga sentir algo, no de ser bonito. Y, seamos sinceros, a mí el arte, esto de sentir algo y saber que lo sientes, nunca se me dio bien, hasta que te encontré, y estuve segura de lo que sentía, y de lo que me haces sentir.