Te extraño.

Querida mejor amiga,
Me gustaría poder dejar de escribirte en pasado, de negar tu ausencia, y olvidar las bromas que hacíamos, porque cada una de esas bromas que antes me parecían divertidas, ahora desgarra los
ventrículos que conforman mi corazón. No te echo de menos, echo de menos decir mis tonterías, desahogarme en tus hombros, o acariciarte la cabeza cada vez que me llamabas asustada. No te echo de menos, echo de menos irnos de fiesta juntas e idear la más tonta frase para romper el hielo con ese chico que parecía tan simpático. Echo de menos rompernos la cabeza por tonterías, y hacer fácil el más difícil problema. Que para nosotras distancia era lo que había entre la cama y la cocina, no entre mi casa y la tuya. Nos teníamos la una a la otra, y ahora sólo tengo las palabras que te escribo.

Echo de menos los cafés hirviendo de las tardes de invierno, y, en verano, mojarnos a base de cubos en tu terraza. Inventarnos palabras en otoño, y la melancolía de la primavera. Echo de menos tus cartas sin razón aparente, y mis llamadas a media noche contándote mis pesadillas. Echo de menos hacernos añicos cada vez que nos separábamos, y volver a arreglarnos cuando volvíamos a vernos. Echo de menos odiarte cuando me decías que no tenías que ir al instituto un día porque era fiesta ahí, y echo de menos restregarte por la cara que yo tenía fiesta y tu no algunos días. Incluso echo de menos echarte de menos y saber que te vería pronto. Echo de menos insultarte de la forma más bruta posible y ver tu sonrisa después de hacerlo, y oír tu "Me adoras porque soy diva". Que quizás incluso echo de menos ese gesto tan tuyo que siempre imitaba burlándome de ti.

Te echo de menos, porque te tuve de más. Y ahora no tengo nada, a parte de miedo, pero nunca se lo digo a nadie. Tengo miedo de olvidarte, de sustituirte. Tengo miedo de hablarte en pasado. Tengo miedo de recordarte en medio de la calle y derrumbarme como lo hago cada noche. Tengo miedo de superarte. Tengo miedo de decir que ya no estás. No quiero aceptarlo. No te has ido, lo sé. Sé que sigues ahí en mi corazón y en el de tus padres. Tengo miedo a necesitar tu hombro y que me faltes. Aunque ya me faltas. Tengo miedo de dejar de echarte de menos, pequeña, o de dejar de recordarte en cada cosa que hago. Me da igual el dolor que sienta, me da igual la depresión y las lágrimas. Por favor, nunca te vayas de mi lado, aunque duelas, porque te necesito. Y tengo miedo de dejar de necesitarte.

Felicidad fatal.

Ella nunca había sido feliz. O por lo menos, no lo recordaba. Siempre había estado triste y sin ganas de sonreír. Siempre entre depresiones, cicatrices y lágrimas. Siempre con la sonrisa falsa, y el alma rota. Ella nunca había sentido eso que los libros más bonitos dicen que se siente, a veces. Como cuando llegabas a alguna meta que te habías propuesto, o como cuando te despiertas y sabes que tienes a alguien a quien darle los buenos días. Ella siempre había estado sola, y vacía; y nunca había podido cumplir ninguna de sus metas. Para ser sinceros, ni siquiera lo había intentado. Ella había sido forzada a ser fuerte toda su vida, incluso cuando lo único que quería hacer era rendirse, abandonar, morir. La oscuridad que la envolvía la había obligado a dejar de temer los sitios oscuros. Incluso llegó a apreciar más la oscuridad que la luz. En la oscuridad no tenía que fingir estar bien. Ella nunca quería estar sola, aunque le daba miedo la gente desconocida, y no se atrevía a conocer a nadie nuevo. "Los libros están bien" solía decirle a su madre, intentando engañarse a si misma. Ella estaba harta de tener que ser fuerte, y se rindió. Paró de luchar contra todo, y dejó que pasaran los días. No era capaz de decidir si matar el tiempo o matarse a si misma. La depresión seguía ahí, pero ella no le hacía caso, ya estaba acostumbrada a no sentir más que dolor.

Pero un día, al despertar, notaba algo raro en ella. Como si tuviera ganas de sonreír, salir a la calle, y conocer a alguien. Da igual a quien. Notó cómo si la oscuridad había sido absorbida por sus pesadillas, y ya no rodeaba su vida. Tenía ganas de saltar y bailar, incluso si la grasa de su cuerpo rebotaba mucho al hacerlo. Había dejado de sentirse triste, y sola, e inferior, y diferente, y débil, y asustada. Se sentía, por primera vez en muchos años, bien, y orgullosa de si misma, y con ganas de salir a la calle. ¿Esto era eso que la otra gente describía como felicidad? Se sentía tan bien, que no le gustaba. Una vez ella leyó en un libro que los enfermos terminales tienen un día maravilloso antes de morir. Pensó que quizás ella estaba enferma de ganas de morir, y descubrió que, muy en el fondo, estaba aterrada de que llegara el día de mañana. Porque ella sabía que después de estar en lo más alto, sólo podría caer más bajo que antes. Y eso la mataría. Y, por una vez en la vida, tuvo razón
.

Yo.

No me digas "para siempre", no me gusta,  nadie nunca lo cumple. No estoy diciendo que vayas a ser
tú quien lo incumpla. Quizás seré yo. Es probable que lo sea yo, porque siempre me canso de todo muy rápido. Soy muy independiente, demasiado, quizás. Mis ideologías, normas y pensamientos están demasiado firmes como para aceptar los de alguien más. Nunca creo merecer amor o cariño de otra persona, a pesar de que me paso la vida pidiéndolo. Me preocupo demasiado por todo, y por todos. Un minuto estoy feliz y al siguiente tengo ganas de tirarme de un puente. A veces creo que soy una mierda, y a veces creo que soy la mejor. Soy más rara de lo que imaginas. Nadie me conoce realmente, hay cosas de mí misma que ni siquiera yo conozco.

No soy de decir cosas bonitas, prefiero hablar de política. Y no soy detallista, de hecho, suelo olvidarme de cumpleaños y aniversarios. Me olvido de todo aquello importante, y recuerdo el más tonto detalle. No soy una buena influencia, pero tampoco hago daño a nadie. Me gusta hacer reír y sonreír a los demás, sobretodo cuando yo no puedo, y me enfado conmigo misma cuando no logro hacerlo. La mayoría de días estoy enfadada con el mundo, sólo porque me he enfadado conmigo misma por hacer o decir cosas que no debía.

Suelo mentirle a la gente a la que no conozco para protegerles de mi misma. Sufro de varios trastornos psicológicos a los que es difícil acostumbrarse. Suelo irme a dormir llorando pensando que no soy suficiente. Echo muchísimo de menos a personas que perdí sin poderme despedir. Hay personas en mi pasado a las que no quiero olvidar, pero que desearía dejar de recordar en cada acto que hago.

Intenté durante mucho tiempo encajar en la sociedad, pero mi educación y mi ideología me lo impidieron. Me hicieron bullying por ser diferente, y esto causó que ahora tenga miedo a la gente. No me gustan los sitios donde hay mucha gente. Prefiero estar sola a estar en un gran grupo de personas dónde seguramente me sentiré ignorada, o dónde sentiré que se burlan de mí.

Nunca me desahogo, y siempre le digo a todo el mundo que estoy bien, sea o no verdad. Cuando exploto, se lo explico todo a alguien que, normalmente, al saber cómo soy realmente, se asusta y se va. Estoy demasiado rota como para intentar arreglarme, supongo. Estoy mucho peor de lo que los que dicen "estoy destrozada" podrían llegar a imaginar. Pero, ¿sabes qué? Que a pesar de todo, tengo la fuerza de decir "Que le den a todo, yo quiero ser feliz". Cuando leo me da la sensación de viajar a un mundo paralelo donde todo me va bien. No sé por qué digo todo esto, necesitaba desahogarme de una vez.

Te quiero, mucho, pero no creo en los para siempre. Porque y si encuentro a alguien, ¿y si encuentro a la persona perfecta? Quizás eres tú, ojalá seas tú, pero quizás es otra persona. No me digas para siempre, del mismo modo que yo tampoco te lo diré. Porque ni tu ni yo sabemos si podremos cumplirlo alguna vez.