Decepciones.

Imagínate esto: Llevas más de un año esperando algo, un día, una hora, un abrazo, una persona. Llevas más de un año soñando en el momento en que sus brazos te rodearán, y te sentirás protegida otar vez. Llevas todo un año aguantando las lágrimas de saber que aún quedaba mucho. Pero ahora ya no queda mucho. Ahora no queda nada. En unas horas tendrás sus brazos entre los tuyos, y todo volverá a estar bien.

O por lo menos eso es lo que piensas.

Como no podría ser de otra forma, algo malo pasa. No puede venir. O quizás eres tú la que no puede ir. Llueve, no te dejan salir. O quizás hace tanto sol que salir sería peligroso para tu piel. Vuelves a imaginarte tus brazos rodeando su cuerpo, y te convences de que da igual, que pase lo que pase tu quieres estar ahí, con esa persona. Pero no. Llámalo karma, llámalo destino, llámalo vida; pero hay algo que no te permite que cumplas tu único motivo de seguir adelante des de hace tanto tiempo. Sientes como imaginártelo ya no te reconforta, si no que te debilita. Te vuelves inmune a tu imaginación.

Y es ahí cuando entiendes que la vida se crea de decepciones. Decepciones como esta. De sueños frustrado y momentos tristes. Te decepcionas, te frustras, la ira te corroe por dentro. Pero no dejas que te dominen. Sigues serena como si nada se estuviera desmoronando, como si todo estuviera bien. Eres experta en fingir este tipo de cosas.

Y no sabes si al final se solucionará todo, o seguirá rompiéndose hasta que te rompas tú. Pero sí sabes una cosa, no te rendirás.