Adiós.

Mamá, papá, me gustaría poder decir que esto no es culpa vuestra. Ojalá pudiera empezar esta carte diciendo que si hago esto es por la escuela, por mis amigas o por mi misma, que nunca me parezco suficiente. En parte sí, en parte es eso. Pero lo siento, no puedo haceros sentir bien. Esto es completamente vuestra culpa.

Antes de irme quería pedir perdón por ser el desastre de hija que soy. Sé que no doy más que problemas, que mi salud física y mental os molesta, que os gustaría que estuviera deglada y fuera guapa. Lo sé, a mí también, es sólo que no puedo. Lo siento por no sacar las notazas de mi hermano. Varias veces he intentado ser él, pero lo juro, no puedo.

Siento no saber cuándo debía y cuándo no ayudar en la casa. Lo siento por pasar más horas leyendo encerrada en mi habitación que emborrachándome con mis amigas. De hecho, lo siento por no tener amigas. Lo siento por pasar tantas horas en internet. Quizás aquí es el único sitio en el que se me entiende.

Pido disculpas por todo el dolor que os he hecho pasar. Y por todo el que vendrá ahora. Lo siento, de verdad. Siento incluso esta manía mía de pedir disculpas por absolutamente todo. Lo siento por nacer, no tuve elección. Pero ahora sí, puedo irme. Y por eso, a parte de disculparme, quería deciros que muchas veces, más que una bronca, necesitaba un abrazo. Y que me voy a buscar los abrazos que me han faltado, que regañarme ya se sola.

Me llegas tarde.

Son las 12 y media de la noche de un triste sábado de primavera, y estoy en casa esperándote. No le he hechado el cerrojo a la puerta para que puedas entrar con la llave que ya sabes que mi madre siempre deja bajo el felpudo por si llego muy tarde. Pero esta vez eres tú el que llega tarde. Vuelve ya, por favor. Llevo quinze sábados consecutivos esperándote, y aún no vuelves.

El termómetro dice que estamos a 20 grados, pero yo estoy helada. No me extraña, tampoco. No hay manera de calentarme si no es con tus besos, o con tus abrazos. O mejor aún, con ambos. Y yo me lo imagino, tu y yo, solos. Con el sol escondiéndose como si se fuera a ir para siempre, engañándonos con una puesta de sol que enamora. Y el viento contra mi pelo, y mi pelo contra tu pecho. Te miro a los ojos, y aún logro encontrar ese brillo que te llevó a presentarte a mi casa una vez de madrugada, hace quinze fines de semana, porque sabías que estaba triste. Me has convertido en un desastroso invierno. Ahora también estoy triste, pero parece no importarte demasiado.

Te miro y te acercas, lentamente. El mundo se para y vuelvo a sentir ese último beso. Te prometo que mi memoria no funciona bien des de que me dejaste, que ahora ha convertido en eterno ese momento. Pero da igual, mejor así. Prefiero recordarte que desearte, aunque acabo haciendo ambas.

Me dueles, me hieres, me rompes. Eres peor que la pistola en las sienes del suicida, porque la pistola mata, pero tú... Tú destrozas poco a poco. Como torturando. Como volviéndome a la vida justo antes de morir.

Vete ya de aquí, de mi vida. No puedo más, te pateo en mi cabeza, pero sólo me duele a mí. Y yo, inútil a más no poder, te deseo felicidad. A ti, que me has roto en pedazos. No tengo remedio. Pero que más da, seguiré esperando a que aparezcas, un sábado como ese, o como este, quizás, a las dos de la madrugada, para acabar de rematar. A mí o a mis penas, lo que te pille antes
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