Palabras.


Vamos a ser sinceros, no tengo ni puta idea de escribir. No sé hacerlo, o por lo menos no de manera consciente. A mí como que se me da mejor unir letras y formar palabras que, al unirse ellas también, acaban formándote. Acaban formando nuestras tardes y nuestras conversaciones. No sé cómo lo hacen, pero forman de manera exacta tus grandes, redondos y almendrados ojos; y tu sonrisa, que no entiendo como aún no ha sido considerada una de las maravillas del mundo, pues, a mi parecer, es la pura definición de belleza, de maravilla, de grandeza, de perfección. Pero es que, déjame decírtelo, tú al completo eres sinónimo de perfección. De mí perfección.

Llevo mucho tiempo intentando descubrir por qué carajos cada vez que te pienso, las letras se juntan para crear palabras que acaban creándote. Incluso si yo no les he dado permiso. Quizás son las mariposas en mi estómago las que dirijan a mis manos, las que mueven el lápiz sobre el papel y decides cuál es el mejor adjetivo para describirte. Porque mi parte racional ha decidido que cualquier adjetivo, referido a ti, es mejor. Quizás será porque no puedes ser descrito, pues tú mismo te lo impides. No puedes ser descrito con algo tan vulgar como las palabras, tú eres descrito por el arte, que, como dice todo el mundo, se trata de que te haga sentir algo, no de ser bonito. Y, seamos sinceros, a mí el arte, esto de sentir algo y saber que lo sientes, nunca se me dio bien, hasta que te encontré, y estuve segura de lo que sentía, y de lo que me haces sentir.

¿Esto es... amor?

Oh, vamos, sabías perfectamente que acabaríamos así. Eras completamente consciente de lo que
hacías, con esas sonrisitas, y esas miradas, y esas bromas. Con esa forma de ser. Sabías que lo único que querías era enamorarme, así que no me pongas cara de sorprendido si alguna vez reúno el valor suficiente para decirte que lo has logrado. Aunque de momento, seguiré negándome a aceptarlo, pues sabes de sobras que a mí lo de atarme a las personas me cuesta. Si le hago caso a todo el mundo, tu y yo estamos enamorados hasta las trancas el uno del otro; pero lo de hacer caso a los demás, como que no es lo mío.

Pero, ¿sabes? Te sueño. Te sueño cada noche y me despierto feliz, aunque después se me pase al recordar que tengo que soportar otro día sin tus labios, pero escuchando ese "Haríais buena pareja, ¿eh?" que me repiten cada día mis amigas. ¿Haríais? Ojalá fuera un hacéis. Ojalá pudiera cambiar esa puta conjugación verbal. Pasar del condicional al presente de indicativo. Pero sólo si me prometes que después no pasaremos al pretérito imperfecto, por favor.

Me gustaría poder invitarte a un viaje que empieza en mis labios y baja recorriendo todo mi cuerpo. Y que, si te apetece, me invitaras a viajar por tu piel. Sin mapas, pues nos perderemos en los besos. Tus manos y tus besos nos abrirán paso entre nuestros ojos. Y nos mojaremos, y sudaremos, pero dará igual. Porque nos mojaríamos de besos, y sudaríamos amor.

Quizás ya va siendo hora de que acepte lo que todos dicen, pero lo que ni tú ni yo vemos. Porque tus ojos dicen lo que tus labios no tienen el valor de decir. ¿O me equivoco? Quizás no me quieres del mismo modo. Pero, ¿sabes? Me da igual. Porque te quiero, y nada en el mundo podría cambiar eso. Ni siquiera tú.

Cambios.

Es curioso cómo cambian las cosas, ¿eh? Así, sin darnos cuenta. De repente alguien quien lo había sido todo para nosotros, deja de importar. Esas personas que quizás antes te parecían estúpidas, empiezan a caerte cada vez mejor. Es curioso que de un día a otro pierdas toda la confianza en alguien, le des todo tu corazón, o dejes de darle la importancia que le dabas.

Hay quien dice que es el dolor el que cambia a las personas, pero yo no estoy de acuerdo. Yo creo que cambias por los demás. Para gustarles y no estar sola. Los que dicen eso de "Me da igual lo que pienses de mí" son los primeros en preocuparse, pero es normal, somos un animal social, no nos gusta estar solos. O quizás sí, pero no queremos admitirlo.

En nuestra vida todo son cambios. Y quien dice cambios, dice aprendizajes. Y quien dice aprendizajes dice errores. Y quizás por eso cambiamos, porque nos damos cuenta de que algo de lo que hacíamos era un error, y tenemos que remediarlo. Aunque quizás sólo cambiamos porque nuestro cuerpo nos lo pide, y no hay nada que podamos hacer para evitarlo.

Pero es curioso porque ayer la quería a ella, y hoy te quiero a ti. Y, entiéndeme, por ayer me refiero a hace un tiempo, y por hoy me refiero a ahora. Quizás es que me he cansado de ella y he encontrado a alguien a quien tener más fácilmente. Pero quién sabe, mi cabeza divaga en un mar de dudas, y mi corazón hace tiempo que se ahogó entre penas. Así que sigo un poco mi amor más visceral, que es lo que me lleva a decirte que te quiero. Y no me mal interpretes, pues después de ese "te quiero" debería ir un "echar un polvo", pero como eso quizás no quedaría ni bonito ni ético, te digo con la boca lo primero, y con mis besos lo segundo. Porque si lo dijera todo hablando, estaría cometiendo un error. Y eso me haría cambiar. Y aunque me parece muy curioso cómo cambian las cosas, creo que no quiero cambiarte por nada en el mundo, de momento.